Hace dos semanas, en un foro de profesionales de los Recursos Humanos, un reconocido directivo del sector, Enrique, espetó un “los jefes no tienen que motivar“; y lo hizo así, sin pestañear.

Silencio… Y volvió a repetir: “Sí, me niego a pensar que los jefes tengan que motivar“. Así que su primera afirmación no fue un error, y si lo era, no dudaba en perseverar. Y todo aquello lo mantuvo minutos después, explicando que la motivación debe surgir del trabajador, esté éste en el puesto en el que esté.

La motivación debe surgir del trabajador, esté éste en el puesto en el que esté

Creo, por supuesto, que los que dirigimos tenemos un papel en cuanto a la motivación, y ése es que no podemos desmotivar, que es harina de otro costal. Y que, además, debemos acompañar, tutelar, ayudar, exigir, estimular con el ejemplo, enseñar… empujar profesionalmente a la gente que tenemos a nuestro cargo, en definitiva.

Un profesor mío, en el IESE, nos decía que a trabajar había que ir llorado y aseado. Y lo que dijo en este foro Enrique es que hay que ir, además, motivado. No sé por qué digo “además”, porque, quizás, los dos estén diciendo lo mismo.

Un mínimo de 8 horas al día son demasiadas para que nos las gestionen emocionalmente nuestros jefes

La motivación depende de nosotros mismos y, además, debe ser así. Porque lo contrario sería terrible: que la motivación en nuestro trabajo dependa de nuestros jefes. Un mínimo de 8 horas al día de las aproximadamente 12 en que no estamos durmiendo, comiendo, transportándonos o aseándonos son demasiadas para que nos las gestionen emocionalmente nuestros jefes.

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