Esta semana he tenido la oportunidad de hablar con amigos sobre algunas situaciones profesionales que me han llevado a plantearme el tema de la conveniencia o no de aceptar según qué directrices en el ámbito de la empresa.

Javier me contaba que le han puesto un jefe donde antes no lo tenía y para ejercer, en gran medida, sus mismas funciones. Milagro de las reorganizaciones. El jefe de Javier le pide desarrollar su trabajo en una línea contraria a aquella en la que venía haciéndolo. Y me cuenta que se ha negado. Por dos motivos, dice. Uno es el de no volverse loco, pues ahora parece que es posible recibir en la misma mañana una misma orden y la contraria. El otro es que, como profesional, le parecen, ya no un error de estrategia, sino un sinsentido, todas y cada una de las peticiones de su jefe, que demuestran el desconocimiento que tiene éste de la actividad: la de un medio de comunicación en internet.

“Jorge, no me lo puedo permitir”, me dice. “Hemos construido con mucho esfuerzo un proyecto muy complejo que hoy es muy reconocido y no quiero que el mercado perciba que tras crearlo, yo mismo lo destruyo. Sería como decir al sector que me he vuelto loco. Y no estoy dispuesto”.

Pienso que la insumisión de Javier es una obligación, si no quiere que, efectivamente, el mercado le perciba como un profesional devaluado.

Es una obligación, pero con un alto coste. Me cuentan que es lo que esta semana le ha sucedido a Margarita. Se ha negado a obedecer a un jefe del que opina que no sabe lo que tiene entre manos, y que, además, considera que ejerce su ignorancia desde la prepotencia. Y claro, a Margarita le ha pasado lo que no le ha sucedido a Javier, porque su indemnización era mucho menor: su jefe la ha puesto en la calle.

Pero Margarita y Javier están en lo mismo: proyectando su futuro profesional al margen de sus empresas, aunque Javier, para ello, tenga un enorme despacho en la empresa en la que ya no milita, siga percibiendo su nómina y formando parte de su plantilla; y Margarita lo haga desde el salón de su casa, quizás en mejores condiciones para enfocar su futuro.

Es mejor estar parado para continuar la marcha, que continuar la marcha para acabar parado a la cuneta del mercado.

Hoy, una empleada me ha dicho que no está dispuesta a cambiar las normas de uso de nuestro foro como yo le he propuesto (no son grandes cambios, más bien matices legales) sin comunicárselo explícitamente a nuestros usuarios. “Es una cuestión de ética, Jorge”. Olé por los empleados díscolos, qué razón tienen muchas veces. Habrá que aprender a escucharlos.

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