Durante décadas, ser inteligente fue suficiente. En la consultoría, la estrategia o el management, el acceso al conocimiento era escaso y quienes sabían analizarlo tenían ventaja. Pero parece que ese tiempo ha terminado.
Ed Cotton, estratega con más de dos décadas en agencias globales, lo describe así: «el mercado no está colapsando. Se está reordenando». Y define este escenario: A un lado, quienes tienen inteligencia específica, evidenciada, empaquetada de forma que el mercado sabe cómo comprar. Al otro, quienes suenan estratégicos pero no dejan huella: sin contacto directo con la realidad, sin método propio, sin consecuencia.
«El mercado no está colapsando. Se está reordenando», Ed Cotton.
El catalizador ha sido la IA
Lo que antes costaba semanas, hoy se produce en minutos. Y al mismo tiempo, el mercado está saturado de profesionales igualmente capaces de generar ese tipo de output. ¿El resultado? La inteligencia genérica ha dejado de tener precio.
Entonces, ¿dónde está el valor percibido?
Cotton dice que ya no se trata de demostrar que eres listo. Se trata de convertir tu inteligencia en algo que el mercado pueda comprar, recordar y recomendar. Eso implica tres movimientos que la mayoría de los profesionales evita (él lo hace en 8 puntos):
Ya no se trata de demostrar que eres listo. Se trata de convertir tu inteligencia en algo que el mercado pueda comprar, recordar y recomendar.
El primero es declarar una posición, no describir un rol. La biografía más común en LinkedIn de cualquier estratega o consultor dice, con ligeras variaciones, algo como «ayudo a las organizaciones a conectar con su propósito». Es una frase invisible. Podría ser de cualquiera. En cambio, una posición real como «creo que la mayoría de las estrategias empresariales están bien formuladas y mal construidas para la acción» puede rebatirse, recordarse, contratarse. Un rol genérico, no.
El segundo movimiento es hacer lo que la IA no puede: ir al terreno. Los LLMs de IA devuelven promedios plausibles que carecen de lo único que transforma una observación en insight: contexto, emoción específica, la frase inesperada de una persona real. La investigación humana profunda —hablar con el cliente que se fue, no con el que se quedó— sigue siendo irreemplazable. Y no solo por lo que produce, sino por la autoridad que otorga a quien la hace.
El tercer movimiento es convertir creencias en métodos. Una creencia sin forma operativa es curación (curation), no estrategia. La diferencia entre «creo que las misiones corporativas son demasiado vagas» y «aquí está el proceso de 90 minutos para testear si tu estrategia puede guiar decisiones reales» es exactamente la diferencia entre ser interesante y ser contratado.
Quizás haya algo más que Cotton no dice explícitamente pero que subyace a todo el argumento: el superávit de inteligencia no es solo un problema técnico, es un problema de identidad profesional. Durante años, muchos directivos y consultores construímos nuestra autoridad sobre la acumulación de conocimiento y la capacidad de análisis. La IA no nos quita el talento, pero sí el monopolio.
Y nos propone un reto: ¿qué es lo que realmente aportas que nadie más —humano o máquina— puede aportar como tú?
¿Qué es lo que realmente aportas que nadie más —humano o máquina— puede aportar como tú?
La respuesta a esa pregunta ya no está en un slide. Esa respuesta se percibe en el método que hayas construido, el lenguaje que hayas acuñado, la comunidad que hayas reunido alrededor de una visión propia.
En el mundo del superávit de inteligencia, la ventaja competitiva no es saber más. Es ser reconocible.
El artículo de Ed Cotton: What Strategists Need to Do in a World Where There’s a Surplus of Smarts


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