Leo la noticia Javier Marías y la piratería, publicada en Estandarte.com y me pone sobre la pista del artículo que Javier Marías publicó en el diario El País con el título de Las bandas de la banda ancha. Por cierto, a ver quién dice que no es posible editorializar en un titular.

Dice Marías en su artículo que en Francia e Italia se compran de media 4,5 libros por e-reader. En España es de 0,6. Sin citar las fuentes de una y otra estadística, se pregunta: ¿Quiere esto decir que los españoles que se han hecho con un e-book lo tienen de adorno en sus casas y no lo utilizan para su función lectora? En absoluto. Lo que significa es que casi cuanto se lee en ellos es pirateado, robado con total impunidad.

Tiene Marías un informe en el que se comparan las ventas de las novelas última y penúltima de varios autores de best-sellers como Dan Brown, Ken Follett, Paulo Coelho y otros. Sus últimas obras respectivas han vendido un 52%, un 62%, incluso un 70% menos que las anteriores. Reconoce que es cierto que no hay dos libros iguales, pero finalmente adjudica la causa a la irrupción de los e-readers.

Continúa Javier Marías: “Últimamente los editores, las agentes, los libreros –independientes o de grandes superficies–, hasta algunos autores, todos me aseguran que la salvaje caída de las ventas se debe mucho más a la piratería que a la situación económica“. Pero está hablando de la vieja industria editorial y de la distribución, la que se lame las heridas y quiere seguir vendiendo coches de caballos cuando se ha inventado el motor de explosión. ¿Ha consultado Javier Marías sobre este asunto a otras nuevas industrias? Porque Amazon bate nuevo récord de ventas estas Navidades. ¿Y a los lectores? Porque son la demanda que ha de dar respuesta a la oferta de la que él habla. ¿Qué opina Javier Marías de los DRMs que impiden o entorpecen la lectura? ¿Y de los precios que no se justifican en las versiones digitales? ¿Y qué cree Marías que opinan sus lectores? Lo digo por generar una visión más completa de la realidad.

Javier Marías olvida que la tecnología ha cambiado las reglas del juego. Ya no es posible marcar las normas desde un único lado: yo te comunico lo que quiero cuando quiero y bajo mis condiciones (de precio, formato, etc.) Y eso nos desorienta, pero es mejor asumirlo que negar una realidad. O que forzarla generando resortes administrativos sin apoyatura jurídica.

Vayamos al apartado económico que expone Marías: “Lo que ganaré con esta novela dependerá de sus ventas, exclusivamente. Si su precio es de 20 euros, a mí me llegarán unos 2 por cada ejemplar despachado. Eso en papel. En libro electrónico costará unos 8 euros, luego percibiré alrededor de 0,80 por cada uno comprado legalmente“.

Antes de continuar, ¿tiene sentido que en un modelo en el que no hay producción física de libros, manipulación de estos y transporte, siga usted percibiendo el mismo porcentaje? ¿No debería negociar esto con su editorial?

Y continúa con la idea del lucro cesante, muy repetida por creadores de distintas disciplinas: “Cada individuo que piratee esa novela futura mía me estará robando –o me privará de ganar– 0,80 o 2 euros, según el soporte. Si 5.000 personas hacen eso, me habrán restado 4.000 o 10.000 euros (a los editores y libreros más, naturalmente)“. No está de más entender que una descarga pirata no necesariamente sustituye una compra que deja de hacerse. Recuerdo a una amiga, en el boom de Napster que llenó, literalmente, su casa de CDs de música. ¿Y todo esto, Inma?, le preguntaban señalando pilas y pilas de ellos. Para cuando me jubile, contestaba. Ya imaginamos usted y yo que esos CDs no llegarán vivos a su jubilación.

Y luego carga Marías contra las operadoras telefónicas que cobran una buena cantidad por una banda muy ancha que permite descargarse el producto del esfuerzo (…) Las telefonías perciben muchísimo ofreciendo tácitamente el goce del trabajo ajeno. Lo que no se le dice al usuario, pero se le insinúa, es: “Si se compra un e-book y contrata una banda anchísima, leerá gratis lo que se le antoje. Usted no le pagará al autor ni al editor, ni yo tampoco. Usted me pagará a mí por el mecanismo que lo facultará para robar tranquilamente. El autor, el editor y el librero, que se fastidien”.

Aquí Marías interpreta que la banda ancha sólo sirve para descargar libros ilegalmente. Algunos músicos, en cambio, creen que sólo sirve para descargar su música de espaldas a la ley. Otros directores y productores de cine, que sólo sirven para descargar sus películas sin pagar. Pero el público de unos y otros la utilizamos para descargar contenidos legalmente, para trabajar, para hacer videoconferencias con nuestros familiares queridos, para compartir imágenes de nuestras vacaciones en alta resolución, para enviar un vídeo de nuestro cumpleaños a nuestros amigos, para interactuar en redes sociales, para escribir este post…

Urge a los creadores entender que la transformación digital genera la oportunidad de nuevos modelos de negocio. Y que están obligados a participar de ellos si quieren sobrevivir, abandonando los que están llamados a desaparecer.

Dice José María Álvarez-Pallete, Consejero Delegado de Telefónica, que la revolución digital va a cambiar el mundo, la forma de relacionarnos, de estudiar, de aprender, de producir, de cuidarnos… ¡Todo va a ser diferente! En ese futuro, las reglas no están escritas. Es nuestra gran oportunidad: escribir, desde nuestro sector el futuro que hoy empieza.

Sé que a Marías, Álvarez-Pallete le parecerá de los de la banda. De la banda de la banda ancha. La banda de los malos. Pero tiene una visión del futuro más clara, aún aceptando que las reglas aún no las conocemos. Sus trabajadores, inversores y clientes están más a salvo con él que con planteamientos como el de Marías.

A sus lectores, estimado Javier Marías, nos gustaría que usted estuviera también más cerca de nosotros. No es fácil en una firma de libros, uno a uno. Pero en Twitter estamos ya muchos. Anímese, que somos de la banda de los buenos. Como usted.

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