La inteligencia artificial, una de las más poderosas promesas tecnológicas de nuestra era, avanza a un ritmo vertiginoso, impregnando cada rincón de nuestras vidas personales y profesionales. Se nos presenta como un instrumento para expandir nuestras capacidades, liberar nuestro tiempo y potenciar nuestra creatividad. Sin embargo, la forma en que la estamos usando revela algo más profundo, más humano y, a la vez, más inquietante: nuestra tendencia a la adicción a lo fácil, a lo inmediato, a la validación externa.
Recientemente, un análisis de MIT Technology Review (“How people are actually using AI”) mostró que, lejos de utilizar la IA principalmente para resolver grandes problemas o impulsar procesos de innovación genuina, la mayoría de las personas recurre a ella para tareas repetitivas, para evadir la incomodidad de pensar desde el vacío o simplemente para obtener respuestas rápidas que alivien la ansiedad de la incertidumbre.
La mayoría de las personas recurre a la IA para tareas repetitivas, para evadir la incomodidad de pensar desde el vacío o para obtener respuestas rápidas y simples que alivien la ansiedad de la incertidumbre.
La inteligencia adictiva: síntoma de un modelo que premia la velocidad y la superficialidad
La llamada “inteligencia” artificial se convierte, así, en un espejo amplificado de nuestras propias dependencias: la necesidad de inmediatez, de certidumbre, de control. Y es aquí donde aparece el concepto de inteligencia adictiva: una inteligencia que no expande, sino que encierra; que no provoca nuevas preguntas, sino que responde automáticamente a viejas necesidades; que, lejos de fortalecer nuestra capacidad crítica, alimenta una forma de pasividad sofisticada.
Desde una mirada sistémica y humanista, esto plantea un desafío mayor: ¿qué sucede cuando las herramientas creadas para liberar el potencial humano terminan condicionando nuestra forma de habitar el mundo, de pensar, de decidir? ¿Qué ocurre cuando la tecnología, en vez de abrir espacios de reflexión, refuerza las lógicas de rendimiento, velocidad y superficialidad que ya tensionaban nuestros modos de vida?
No se trata de rechazar la inteligencia artificial, sino de habitarla de otro modo. De preguntarnos desde dónde y para qué la integramos en nuestras prácticas, en nuestras organizaciones, en nuestra vida cotidiana. De resistir la tentación de delegar en la máquina aquello que constituye el núcleo de lo humano: la capacidad de sostener la incertidumbre, de convivir con la ambigüedad, de crear sentido más allá de la respuesta inmediata.
La inteligencia adictiva, entonces, es una advertencia. Nos recuerda que no basta con tener acceso a más información o a más soluciones técnicas. Necesitamos cultivar una inteligencia consciente, una que nos permita discernir cuándo estamos usando la tecnología para expandir nuestra humanidad, y cuándo estamos dejándonos arrastrar por dinámicas que la disminuyen.
Una propuesta de transformación profunda
Como acompañante de procesos de transformación, veo en este desafío una oportunidad: reaprender el valor del pensamiento lento, del silencio fértil, de la conversación real. Invitar a líderes y organizaciones a no conformarse con la eficacia superficial de la inteligencia artificial, sino a explorar territorios de sentido más amplios, más incómodos, más vivos.
Veo en este desafío una oportunidad: reaprender el valor del pensamiento lento, del silencio fértil, de la conversación real.
Quizá el verdadero progreso no esté en cuánto nos facilitan la vida estas nuevas inteligencias, sino en cuánto nos invitan a recordar y ejercitar aquello que ninguna máquina podrá hacer por nosotros: ser plenamente humanos en medio de la complejidad.


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