Hoy vengo con una reflexión extraída del prólogo de Hiperconectados: Cómo comunicarse en el siglo XXI. Su autor es mi buen amigo Eduardo Arriagada (Santiago de Chile, 1964).
Arriagada es un periodista y consultor chileno. Fue decano de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Además ha sido columnista de El Mundo (España), El Día (La Serena), CNN Chile, La Segunda (Chile) o La Nación (Asunción) entre otros.
Si bien, el extracto es del prólogo, escrito por Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y titular de la cátedra de Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia.
Este es un extracto de las reflexiones de Innerarity: «Las desconexiones temporales tienen que ver con la recuperación de un tiempo propio en el que el individuo puede encontrar sus propios ritmos, el sentido de la duración y de la espera, de la reflexión y la atención. Se basan en el descubrimiento, tras décadas de sumisión a la prisa, de que los tiempos propios (de la reflexión, la distancia y la maduración) son fundamentales para construirse a sí mismo como sujeto. A veces basta con adquirir hábitos elementales como no contestar inmediatamente o ralentizar el trabajo. Desconectar, en este sentido, no tiene por qué significar salirse del tiempo sino encontrar el propio ritmo y no dejarse imponer unas aceleraciones que son discriminatorias, que no se corresponden con el tiempo que nos caracteriza íntimamente o con el propio de nuestro modo de trabajar».
La pregunta
¿Cómo resolvemos los problemas generados por el exceso de conexión sin poner en peligro las enormes ventajas de un mundo interconectado?
El reto
El reto será encontrar un equilibrio y al mismo tiempo gestionar eficazmente las desconexiones temporales necesarias para una reflexión profunda, el desarrollo personal y la productividad sostenible.
Habremos de pensar en cómo adoptar prácticas que fomenten la desconexión de la velocidad y la inmediatez impuestas por la cultura de la prisa, y promover un ambiente corporativo que valore la reflexión, la atención plena y el ritmo personal de cada individuo.
En resumen, el desafío radica en crear una cultura empresarial que permita a los profesionales desconectar en momentos adecuados para potenciar la creatividad, la toma de decisiones informadas y el bienestar general.


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