La industria del cine dice que las cosas están fatal. Que cada vez hay menos gente en los cines y que eso nos va a hacer a todos mucho más infelices.

Hay algunos listillos que dicen cosas como que el binomio ‘película – sala de cine’ es cada vez más obsoleto y que ya hay otros tipos de distribución y consumo que justifican esa bajada de espectadores en los cines. Listillos es lo que son.

Soy de los que cree que el cine es un entorno único y que ese ecosistema debe ser mantenido, y bien mantenido, a futuro. Y para que la salud de nuestros cines siga robusta, tienes que empezar a luchar por ello desde que tus hijos son pequeños, enseñándoles a disfrutar del séptimo arte.

El verano es un gran momento para ello.

1. Pregúntales cuál es la película que más les apetecerá ver los próximos días. Ofréceles como recompensa a su buen comportamiento de la semana una tarde de cine con papá y mamá.

2. Ya estás en el cine. Reservaste por internet, para evitar las colas, pero la máquina que debía expender tus entradas está estropeada. “Máquina estropeada. Pasar por taquilla”, dice un cartel pegado con esparadrapo de dos colores en académico español. Así podemos llegar un poquito más tarde, pensabas antes. Llegaremos tarde, confirmas después.

3. Mientras haces cola y a tu hijo le llegó el olor a maíz tostado, discute con él por qué no le comprarás palomitas recién comido, a un precio que multiplica diez veces su precio de mercado.

Discute con tu hijo por qué no le comprarás palomitas a un precio que multiplica diez veces su precio de mercado.

4. Explícale más adelante a un encargado de las mutisalas, ante su reproche, por qué sí vas a meter algo de comida para los niños dentro de la sala.

– Necesito que coma algo dentro de un rato, si no, se pondrá insoportable.
– Lo que vaya a comer dentro tiene que comprarlo aquí.
– Es que el niño es más de morcilla de Burgos… -le contestas mientras haces un quiebro y desapareces con él en volandas.

5. Sostén, con un pie en la pared para evitar rozarla, las entradas en la boca bien sujetas y una bolsita atada a tu cinturón con un yogur para beber -al que llamaste morcilla de Burgos un rato antes-, al niño mientras hace sus cosas, en un cuarto de baño que parece que nadie limpió desde el estreno de Don Erre que erre. La falta de papel higiénico nunca es un problema, ¿qué tipo de padre va al cine sin un rollo de papel higiénico?

¿Qué tipo de padre va al cine sin un rollo de papel higiénico?

6. Precios para padres: ¿verdad que tiene todo el sentido que los esforzados papás y mamás que empiezan a llevar a sus hijos al cine paguen por su entrada como si ellos tampoco pudieran pasar ni un día más sin conocer el desenlace de la última entrega de Pingüinos de Madagascar?

7. Precios para niños: ¿a que tiene sentido que un niño pague como un adulto para que vaya cogiendo la costumbre?

¿A que tiene sentido que un niño pague como un adulto para que vaya cogiendo la costumbre?

8. Sonríe al amable acomodador que te dice con cara no tan amable aquello de “no puede usar usted el teléfono móvil”, mientras comprobabas, al inicio de la película, si tenías algún mensaje de la vecina de 16 años a la que convenciste de que cuidara del más pequeño durante un par de horas. Previo pago de otros 20 euros.

¿Y por qué no te dejará ese señor -al que siendo tan simpático no se le nota- consultar el teléfono? Pues bien fácil, hay padres desaprensivos, a los que aún les quedan fuerzas, que graban las películas en su teléfono y luego las suben al interné. Sí y sí. Los hay.

9. El cine en verano, lo confieso, tiene algún pequeño inconveniente: habrás de preparar otros 50 euros para una sesión de quiromasajista que te alivie mañana de esa tortícolis producida por el aire acondicionado de los cines en agosto. Y otros 15 euros en caramelitos con codeína para la garganta.

10. Por fin llegó tu recompensa. Por fin comienza la película que justifica tu calvario y la inversión, los niños están sentados y tú, al fin, puedes… dormir un rato.

Y luego dicen que el cine sale caro.

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