Recuerdo que en el colegio, nuestro profesor de religión nos explicó un día que el Juicio Final sería algo parecido a toda la humanidad dentro del estadio de Maracaná  viendo una película de todos y cada uno de nosotros. Allí se vería todo lo que antes no habíamos visto los unos de los otros, lo bueno y lo malo.

Y yo, cada vez que iba a hacer lo que no debía, antes que por un motivo moral me guiaba por esa nueva idea del ‘ridículo universal’.

Y claro, es que la idea es muy potente, y más en Europa, donde el concepto de la intimidad y su derecho a ella, tanto ha calado en nuestras mentes, o parecía haberlo hecho. Digo parece, porque ahora, en dospuntocerolandia se han invertido los términos. Hemos pasado del ‘mi vida es mía’ a ‘mi vida es de todos’.

Esta exposición puede llegar a ser patológica, excesiva e incontrolada.

Patológica, porque vemos cómo alguno de nuestros amigos ha decidido contarnos a través de Facebook, Twitter, etc. toda su vida, minuto a minuto: ‘yendo a ver ToyStory con Margarita’, ‘¡volviendo a casa con Margarita!’, ‘¡qué guapa está hoy Margarita!’… ¡por favor, que no siga!; y, claro, el día que te lo encuentras ya no tienes nada de que hablar, porque te lo sabes todo, de él y de Margarita.

Excesiva, porque nuestro nivel de exposición llega al absurdo, hasta el punto de utilizar herramientas como Foursquare para retransmitir al segundo nuestra posición. El geoposicionamiento habría sido el sueño de nuestros padres en nuestra adolescencia al que seguro nos habríamos opuesto.

Esto, al menos, lo elegimos libremente. En esos casos, decidimos lo que hacemos o lo que decimos. Pero qué hay de esa comida que vas a tener en secreto para hablar de un nuevo proyecto con un amigo y es él quien proclama a los cuatro vientos: ‘Comiendo con Jorge Segado para hablar de nuestro nuevo proyecto y dar pasaporte a nuestros jefes’.

George Orwell ya habló en 1984 de El Gran Hermano, el guardián de la sociedad que conocía los actos de cada individuo. Pero nunca pensó que no harían falta esos dispositivos de vigilancia, porque nos hemos mudado a Maracaná, a contar nuestras miserias y las del prójimo.

Un auténtico espectáculo, para seguir en directo o en diferido (que aquí queda todo ya para siempre), mucho mayor que la Copa Mundial de Fútbol de 1950.

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