La semana pasada conocí a un grande, a un grande en lo suyo: José Mercé. Es lo que Andrés Pérez Ortega llamaría un “profesionales estrella”, tal y como conté en mi post Profesionales de marca blanca. Un artista como la copa de un pino.

Allí estaba él, con esa humanidad robusta, abrazando a todo el personal de su discográfica, cercano, directo y tremendamente cordial. A pesar de que, como me contó (no nos conocíamos de antes), además de todo el esfuerzo de la promoción de su nuevo disco, un problema familiar le había complicado un poquito más aquellos días.

A Mariola Pérez, Product Manager de EMI Music España, sobre la marcha, le pedí que me diera el nuevo disco de José Mercé -Ruido- para que me lo firmara. Anda que no estoy contento con mi disco dedicado. Gracias, Mariola.

Dedicatoria de José Mercé en su disco Ruido
Dedicatoria de José Mercé en su disco Ruido

Recuerdo mis años en la universidad. Qué pocos profesores me dejaron poso. Uno de ellos fue Juan Velarde Fuertes, Premio Príncipe de Asturias y académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Un referente del pensamiento económico español. Recuerdo el día en que apareció en clase como todos los días, puntual como un reloj suizo y empezó la clase disculpándose por la forma en la que nos hablaría aquel día. ¡Se le había caído un diente! Y allí estaba él, cumpliendo con su obligación y abriéndonos los ojos a la historia económica de España a un puñado de jóvenes en sus primeros años de carrera.

También recuerdo a otro profesor. Bueno, en realidad no lo recuerdo. Ni recuerdo su nombre, ni qué asignatura impartía, ni a qué dedicaba su vida profesional (era profesor asociado). Este profesor se presentó el primer día a su alumnado explicándonos lo brillante que era y que le disculpáramos de antemano si algún día no venía a dar clase porque -esto es literal- “mi empresa podría no poder prescindir de mí en algún momento, porque le supondría dejar de ganar algunos millones de euros”; por su talento, claro estaba.

Este profesor, que tanto dinero hacía ganar a su empresa, nos castigó durante el curso recitando el libro de texto de referencia. La universidad pudo haberlo sustituido por un software lector de texto como los que tienen los GPS. Si hubiéramos tenido además la opción de cambiar periódicamente el tipo de voz (masculina-femenina) nos habría resultado mucho más ameno.

Y aquel profesor, que ya temíamos que no era nadie (nadie relevante profesionalmente hablando, que me perdone su madre), nunca llegó a nada (que yo sepa), como mi amigo Hernán. Quizás porque pensó que ya estaba en la cumbre. Mientras, el profesor Velarde, que nada tenía que demostrar, ha seguido interpretando brillantemente nuestra economía hasta el día de hoy y espero que por muchos años más.

Qué sencilla es la gente brillante y qué difíciles de trato son los que se quieren hacer pasar por lo que no son. Y es que comportarse como un imbécil o un extravagante no te hace más brillante, sólo te hace más imbécil o más extravagante.

José Mercé hablaba sin complejos del resbalón y caída de su suegra porque no tenía que reivindicarse como artista. Juan Velarde podía seguir interpretando la historia de España sin un diente. Y, mientras, otros se definirán como artistas, sabios o irresistibles, conscientes o no de su imposibilidad de serlo.

Anuncios