Esta semana ha sido de esas en las que varias empresas se ponen de acuerdo para maltratarte, cuando lo único que hiciste fue ser cliente suyo. Quizás esta es la culpa por la que uno tiene que expiar.

El caso más pegajoso es el que me tiene, día sí y día también, recibiendo llamadas de un operador telefónico con el que tuve contrato, porque me reclaman el pago de unas facturas. Llamé en su momento para darme de baja. Varias veces, claro. En todas ellas, al octavo minuto -de reloj- de esperar (probad a ver lo que son ocho minutos esperando a que te atiendan), me cansaba y colgaba, esperando a un mejor momento en el que poder dedicarle otros ocho minutos de mi tiempo a la operadora.

Un día (debí de quedarme dormido esperando que me atendieran, con el manos libres activado), una voz me sobresaltó para, por fin, atenderme. Encantadora señorita: que si envienosustedunfax, que si conlosnumerosdelaslíneas, que si fotocopiadesudeneí, que si graciasporconfiarenblablablá… Y allí fui yo, cumplidor, directo al fax.

Pero previendo el improbable caso de que algo fallara en el proceso y siguieran cobrándome por un consumo no realizado, esperé a que me llegara la última factura con consumo y le dije al banco que no admitiera más pagos a esa operadora. Pobres, ¡no recibieron mi fax! Ni uno posterior con el acuse de recibo del primero. Ahora me reclaman unas cantidades. Mejor eso que el que me las hubieran cobrado indebidamente. Lo digo por las llamadas que te ahorras.

Otro problema lo he tenido con ese sector por todos conocido en su respeto por los compromisos que adquieren cuando quieren captar tus cuentas o tu negocio: la banca. Y que luego olvidan. A mí me lo han explicado hoy: “hombre, es que no hay nada eterno“. Pues póngamelo usted por escrito. ¡Sorpresa, por escrito me mantienen las condiciones pactadas! Y esto me hace pensar que nos tratan como nos merecemos, porque como consumidores no reaccionamos.

Y pienso en tantas otras cosas que todos los días nos incomodan la vida un poquito más. Recibimos otro trato digno de mención en los aeropuertos. “Por favor, quítese los zapatos”, “necesito que pruebe el potito de la niña”, “¿puede abrir su portátil?, no vaya a ser un Phanther plegable.” Y luego te enteras de que un niño estuvo en la torre de control dando instrucciones de despegue en el JFK. Para lanzar un zapato, un potito o un portátil a la cabeza de alguien.

En las gasolineras es otro sitio donde pagas no sólo por el carburante, sino por hacer su trabajo. Y como te descuides, te meten prisa. Perdone usted, estaba llenando el depósito y su caja registradora. Estoy recordando a aquella señora que, tras mojarse todo el traje de gasolina porque la manguera no se detuvo como debía, miró a su alrededor esperando no haber sido vista, como cuando mi hijo ha lanzado una croqueta encima del tomo III de la Enciclopedia Taurina de Cossío. Se sentía culpable.

Pero es en las grandes superficies donde la masa hace renuncia a sus derechos de un modo más flagrante, pero lo hace en grupo, todos a una, lo cual debe de dar un cierto alivio fuenteovejunero.

Me fascina el sometimiento con el que las señoras de mediana edad entran en los grandes almacenes enseñando con entusiasmo el contenido de su bolso a un vigilante que generalmente tiene peor pinta que ellas (lo sé, esta es una percepción muy personal).

El otro día, Álvaro me contaba que hace años que dejó de poner los carritos allí donde los cogió: “Oye, lo he hecho toda la vida, cuando decían “por favor, deje aquí su carro”. Pero desde que no puedo cogerlo si no llevo una moneda encima y tengo que rogar a alguien que me de cambio, he decidido dejarlo en la plaza de al lado de mi coche, o en vez de éste. Y tan contento que se pondrá alguien con mis cincuenta céntimos”. Prefiere que le traten con educación a que le dejen el carrito con fianza.

Pero ayer conocí a mi héroe. En uno de esos supermercados donde parece que hacen un casting a las cajeras y cogen sólo a las más antipáticas. Ya sabéis a qué cadena me refiero. Al ir a pagar le han dicho al chico de delante, mi héroe: “enséñame la mochila”. Y él le ha contestado: “usted primero”.

Al principio pensé que se iba a montar. Pero cuando vi cómo la cajera captó el mensaje a la primera, entendí que había sido una contestación muy pedagógica. Para ella y para todos.

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