Hoy me cuenta Alberto que ha tenido una interesante situación, de esas que, de nuevo, te hacen reflexionar sobre la carrera profesional.

Está intentando cubrir una posición, para un cliente, en su departamento comercial y, consultando con colegas y clientes, ha aparecido un nuevo nombre sobre la mesa. Alberto se ha dirigido a ella telefónicamente con el fin de hacer una aproximación y, posteriormente, poder concertar una entrevista.

Parece, según me cuenta, que todo ha transcurrido de una manera muy peculiar. La candidata ha esgrimido todo tipo de argumentos, todos ellos inconexos, según Alberto, pero él parece haber dado con la causa: la candidata sabe que su posible futuro jefe trabajó en la empresa en la que ella trabaja ahora y mantiene la relación con personas de peso en la organización. Y parece que ha querido evitar cualquier situación que la pueda comprometer y dejar expuesta.

Yo le he sugerido a Alberto que vuelva a llamarla despejándole cualquier duda en ese sentido, asegurándole, como no puede ser de otro modo, la confidencialidad del proceso.

Y pienso, ¿qué podría hacer más daño a la candidata, que se enteraran de que su nombre está bien considerado en el mercado y de que, por tanto, el mercado puja por ella, o que en su empresa se enteren de que ha rechazado una simple entrevista por miedo a ser pillada in-fraganti?

En los perfiles más junior, este miedo es habitual. Y cuando esto sucede se descubre en el candidato una dosis de inexperiencia comparable a la traducción del sueldo bruto anual de uno a neto mensual: ¿Cuánto ganas?, Casi mil trescientos.”

Rechazando la entrevista ha renunciado a crear una nueva relación profesional, a conocer desde dentro a un posible competidor y, eventualmente, a un empleo mejor que el actual. Ella se lo ha perdido.

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