Hace unas semanas decidimos un cambio de proveedor. El anterior desempeñó muy bien su papel, pero pensamos que el nuevo podía hacerlo mejor en la nueva etapa de negocio que íbamos a acometer. Y nos equivocamos. No con la decisión, sino al pensar que el cambio produciría tan sólo los trastornos razonablemente previsibles.

No fue así. En la empresa con la que dejábamos de trabajar se estableció una clara consigna: “hagámoslo todo sencillamente imposible”. Tal actitud era de obligado cumplimiento para todos los profesionales de la organización, viéndose éstos dando un servicio, o mejor dicho, obstruyéndolo, hasta un punto en el que ellos, personalmente, nunca lo harían. Llamadas nunca contestadas, informes fuera de plazo, etc. En conversaciones privadas fuera del ámbito de las empresas, éstos reconocían con rubor que ese comportamiento les venía impuesto por la dirección.

En otra empresa, una editorial de revistas de nicho, a Tomás le anunciaron que una de las cabeceras que comercializaba cerraría. “¿Quién se lo va a comunicar a los anunciantes?”, preguntó. “Nadie, no lo vamos a comunicar”, fue la respuesta recibida de la dirección; a lo que él replicó: “Entonces lo haré yo”.

Tomás, a diferencia de los anteriores, no aceptó esa imposición. ¿Se rebelaba frente a la autoridad? Él tenía claro que lo que él valía como profesional era el conocimiento que tenía de sus clientes y la confianza que ellos tenían en él. Si les traicionaba, era su futuro profesional lo que ponía en riesgo, y no estaba dispuesto.

Quizás en la primera empresa no entiendan eso lo suficientemente bien sus profesionales. Están obligados a seguir trabajando con el máximo rigor. ¿Por su jefe? ¿Por su cliente? No, por ellos mismos. Ellos valen lo que vale su trabajo, el que han hecho y del que el mercado tiene conocimiento. La posibilidad de que el mercado les castigue etiquetándolos como malos profesionales por unas malas prácticas en un período de transición es un riesgo que no deben permitirse.

Por eso, el ejemplo de Tomás es el de quien, además de no permitir su propia devaluación profesional, genera el respeto de ese superior que en el intento de doblegarle ante sus torpes intereses, encuentra resistencia. Una doble victoria, además de la profesional, la personal.

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