Siendo muy niño alguien me contó algo que aún recuerdo muy bien: la vida no te va a exigir, con una altísima probabilidad, ningún acto heroico de esos tras los que, una vez llevado a cabo, te hagan una película. A cambio, será en el día a día donde tengamos la oportunidad de mostrar quiénes somos y que estamos dispuestos a hacer por los demás y por nosotros mismos. Yo, convencido hasta entonces de que sería un héroe de película cuando la vida me lo pidiera, de esos que eligen entre el cable azul y rojo para salvar a la humanidad, pasé a pensar que la heroicidad es algo mucho más cotidiano y mucho menos cinematográfico. Y, por tanto, mucho más incómodo y menos glamouroso.

Esta semana me envió Jaime el currículum de un primo suyo. Está en una situación desesperada tras dos años en paro. “Jorge, búscale algo, está dispuesto a hacer lo que sea”, me ha dicho Jaime. Y leí el CV intentando ver a quién le podría encajar pero ví que, tras dos años de paro, su conocimiento del inglés era medio. Y pensé, ¿si está dispuesto a “lo que sea” por qué no ha estudiado inglés?

El pasado fin de semana, en una piscina, una mujer le pide a su marido que se bañe con el niño. “Sabes que odio la piscina, pídeme lo que sea, pero eso no”, le contesta él.

Desde hoy pienso que frases como “pídeme lo que quieras” suelen ser una gran mentira. De las peores, no sólo para nuestro interlocutor sino para nosotros mismos. Si en dos años no hemos estudiado inglés siendo prioritario para nuestra carrera profesional o si no nos metemos en la piscina con nuestro hijo por pereza, no pensemos que el día que la vida nos pida un acto heroico, entonces sí estaremos preparados para ello, porque estaremos como la rana hervida: sin fuerza, sin tensión, sin músculo.

Sin hacer ahora lo que debemos, esperando el momento que no llegará mañana.

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