Vuelvo a oír que la generación de nuestros jóvenes es la mejor preparada de la historia. Las comparaciones, además de ser odiosas, hay que hacerlas siempre con algo o con alguien. Si eres más rápido, más alto o más fuerte (citius, altius, fortius), tendrás que decir que quién.

La generación mejor preparada de la historia será, o bien en comparación con los jóvenes de otros países, o bien con la de sus predecesores, por ejemplo, sus padres.

Comparando con los jóvenes de otros países, me pregunto cuántos de los nuestros hablan bien un segundo idioma, preferentemente el inglés, cuántos han vivido fuera de España, o simplemente, cuántos de ellos residen a más de 50 km. de donde nacieron. Porque entonces, ahí fuera, sí que hay competencia y, me temo, que mejor preparada.

¿Y la comparación de nuestros estudiantes con sus padres? Esto me hace pensar no sólo en las aptitudes sino en las actitudes. ¿Cuántos de nuestros recién licenciados son conscientes de su inexperiencia? ¿Cuántos estarían dispuestos a trabajar un viernes por la tarde, renunciando a ese privilegio tan español? ¿Y a levantarse todos los días a las 6.00 a.m.? ¿Y a cambiar de ciudad? Pues entonces, cuidado, porque tampoco son mejores que sus padres, aunque sepan escribir e-mails y tengan cuenta en Spotify. Sólo faltaría.

Y a los jóvenes, no los engañemos, que ni son la generación mejor preparada de la historia, ni se aprende inglés en cinco días, ni tener cuenta en LinkedIn es el mayor esfuerzo que se puede hacer para encontrar un trabajo.

Que no nos engañen, ni en los hemiciclos ni en la universidad, porque ni nuestra clase política ni nuestros claustros están habitados tampoco por la generación mejor preparada de nuestra historia. Unos, quizás, consecuencia de los otros. Pero, ¿cuáles de cuáles?

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