Mi amigo Eduardo Lazcano anda un poco pesado con el tema de la neurociencia. Y yo no sólo le escucho, sino que lo hago con atención, porque es de esos pocos tipos interesantes con los que te cruzas en tu carrera profesional, lo que te obliga a intentar empujarlo hacia un ámbito más personal, por puro egoísmo, para disfrutarlo más, supongo. Dice que los que, como él, se dedican al marketing, tienen como objetivo final penetrar en la mente del consumidor, modificar sus percepciones frente a una empresa, una marca y sus atributos.

Y lleva unos meses preguntándose “¿y qué sabemos nosotros realmente de cómo funciona el cerebro humano?” Así que, por si acaso llevara toda la vida tocando de oído, se ha puesto a empollar neurociencia: la estructura, la composición, los procesos de nuestro cerebro… El otro día se puso a hablarme de la materia gris y la blanca, de cómo de distinta es la composición de éstas según el sexo, de las neuronas espejo y, como no ha dejado de ser audaz, de sus propias teorías ya bautizadas.

Después de comer con él, de vuelta a casa tuve una anécdota. Antes tengo que contar que he descubierto que como familia numerosa, la empresa de mensajería MRW nos ofrece un envío gratuito al mes a cualquier sitio de España que ya he utilizado en un par de ocasiones (esto no es una cuña publicitaria, es un simple chollo). Pues bien, un coche de reparto de esa empresa, en una rotonda dentro de la cual yo estaba, se me metió a toda velocidad. El conductor se dio cuenta, ya tarde, y levantó la mano para disculparse.

Cuando le doy de comer a mi hijo, abro la boca cuando a él le corresponde hacerlo. Me reía de mi madre cuando lo hacía conmigo. Tiene que ver con las neuronas espejo.

Como respuesta a la disculpa del conductor de MRW yo le hice un gesto pretendiendo transmitir un “no te preocupes”. Y si me descuido acabo pisando mi acelerador para que el repartidor fuera más rápido, era lo mínimo que podía hacer por él; llevaría algún paquete tan importante como los míos.

Parece que las neuronas espejo de mi corteza parietal son de una empresa de mensajería. Debía haberlo deducido mucho antes, en la comida con Eduardo. Y yo, tonto de mí, ante semejante apropiación, tan contento. Eso es el marketing.

.