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El turista no sabe donde ha estado y el viajero no sabe donde va. Ya lo dijo Paul Theroux.

Esta definición encierra probablemente las dos actitudes que podemos tener en la vida ante las mismas cosas.

Y es que los viajeros, además de interesarse por el entorno, necesitan compartir con las personas y entender sus culturas. No tienen objetivos que cubrir y se dejan llevar, marcan su propio paso y son flexibles a la hora de seguir rutas. Aceptan los resultados, aunque estos no sean como se esperaba y resuelven las situaciones en las que desembocan. Los viajeros no lo son porque tengan una edad determinada, pues eso no afecta en nada su espíritu. Y no viajan en tours porque no hay tours para ellos.

En cambio, para los turistas, salir de vacaciones es escapar de la pesadilla que supone su rutina diaria. Ya saben de todo, o ellos lo creen, pero nunca lo han investigado ni lo comprobaron personalmente. El turista necesita comprar su entretenimiento, porque no sabe crearlo. Llevan todo lo necesario para que el lugar adonde viajan siga pareciéndose a aquel del que vienen. Explican lo nuevo con comparaciones de lo anterior. Compran lo mismo que en su lugar de origen. Se hacen fotos fingidas allá donde se espera que lo hagan y ya otros como ellos se las hicieron. Tratan de impresionar con su conocimiento u oficio, en vez de entender la cultura y la forma de pensar de las personas de su destino. Un turista necesita un itinerario detallado porque no sabe hacer su propio camino.

Esas dos actitudes opuestas ante el hecho concreto del viaje es perfectamente extrapolable a otros ámbitos mucho más generales de nuestra vida, el ámbito personal o el profesional. Cualquiera de ellos, al final, son caras de una misma moneda.

Y entonces uno se pregunta, ¿yo por mi vida, viajo o hago turismo? La pregunta es vital y es quizás por eso que a los viajeros les gusta que los diferencien de los turistas mientras los turistas ni saben que hay diferencias.

Viaja a menudo
Viaja a menudo

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